Ventana 17/5/17

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Por José Cárdenas

Matar periodistas no mata la verdad.

Javier Valdez Cárdenas vivía al filo del abismo.

Periodista y escritor, columnista fundador del portal Ríodoce, de Culiacán, Sinaloa, y corresponsal del diario La Jornada y de la Agencia Francesa de Prensa (AFP), asumió como muy pocos la misión de hurgar en las entrañas de la perversa relación del narco con el poder político.

En su libro Narcoperiodismo, publicado hace apenas ocho meses, Valdez Cárdenas narra la historia de terror de cientos de comunicadores perseguidos como ratas, acosados, vigilados, torturados y asesinados no solo por el crimen organizado, sino también por aquellos que desde el poder aplastan todo intento de sacar a la luz las crudas verdades del México podrido.

Javier Valdez reportó una y otra vez el infierno desde el infierno… y fue ahí donde murió de una manera que a nadie sorprende, a plena luz del día, en medio de una calle transitada de la capital sinaloense, donde es más peligroso denunciar que delinquir. Este fue otro crimen en el que la forma también es fondo; la certeza de un mensaje infame.

De manera paralela, en otro hecho distinto que aún se investiga, la periodista Sonia Córdova, subdirectora del semanario El Costeño, de Autlán, Jalisco, fue asesinada junto con su hijo Jonathan, quien había sido secuestrado tiempo atrás por sujetos armados.

Vale la pena contar que sólo en este año han sido asesinados siete periodistas, después que 2016 batiera todos los récords con 11 reporteros muertos; de 2000 a la fecha la lista de 104 muertos relacionados con el oficio periodístico es sólo una estadística infeliz, muestra de impunidad total, denuncia la organización Artículo 19…

En los hechos, de nada valen la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos Contra la Libertad de Expresión (Feadle) y las “comisiones” especiales en defensa de los informadores. Discursos, compromisos y falsa indignación de quienes están obligados a garantizar la libertad de expresión y el derecho de informar, suenan a insulto ante una realidad que no tiene para cuando cambiar… y menos mejorar.

Hay un 97% de posibilidades de que el crimen de Javier Valdez Cárdenas, al igual que el de Sonia Córdova y su hijo, queden impunes, como la mayoría, sin importar que desborde la ira en las redes sociales y el incontenible caudal de hartazgo.

Ambos crímenes son los últimos eslabones de una cadena sin fin, que apresa en casi todos los rincones de la República Mexicana.

Apenas 48 horas antes de las ejecuciones, siete reporteros de distintos medios fueron atacados por hombres armados quienes los amenazaron con quemarlos vivos y los despojaron de teléfonos celulares, cámaras de fotografía, computadoras, tarjetas bancarias, pasaportes y una camioneta, en el municipio de Acapetlahuaya, Guerrero. Los periodistas intentaban “cubrir” el ingreso de fuerzas federales al municipio de San Miguel Totolapan, otra sucursal del infierno, donde los lugareños formaron recientemente un grupo de autodefensa para enfrentar los secuestros y extorsiones de La Familia

Michoacana y la banda delincuencial Los Tequileros.

La muerte del periodista sinaloense, la periodista jalisciense, y el atentado en la Tierra Caliente de Guerrero, reflejan la negligencia de la autoridad, corrupción y, aun peor, el fracaso de un país cada vez más degradado.

Javier Valdez Cárdenas lo había escrito contundente en su último libro: “Mientras mejor haces periodismo te vas quedando más solo”.

EL MONJE DESFONDADO: ¿Por qué no “jala” la candidatura de Josefina en el Estado de México? Uno, porque a pesar de su enorme esfuerzo en campaña, el electorado proletario, salvo el panismo leal (a ultranza) del llamado corredor “azul”, está desesperado por la inseguridad y la injusticia, no se conforma con condolencias; “los de abajo” no le creen a Josefina, como tampoco al compromiso de exorcizar los fantasmas en el clóset, detrás del dineral que recibió del gobierno para apoyar su cruzada a favor de nuestros migrantes en la Unión Americana. Dos, porque el líder panista Ricardo Anaya ha resultado un canalla quien la castiga con el látigo de su desprecio y se resiste a empujarla con la fuerza que haría falta. ¿Anaya se habrá dado por vencido para favorecer al perredista Juan Zepeda con tal de cerrarle el paso a Delfina, y a Andrés Manuel, quien la sostiene por detrás?

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