En la mira 1/9/17

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El último año de Peña Nieto

Por Luis Cárdenas

Habrá un mensaje a la nación el sábado, será protocolario, así como siempre había sido, será desde Palacio Nacional. El informe se entregará el viernes en San Lázaro, como siempre ha sido desde que el Congreso no dejó a Fox entrar a dar su discurso, allá por el polarizado 2006.

Atrás quedaron las ideas de un informe de vanguardia, con jóvenes que le cuestionaban al Presidente en uno de los momentos más difíciles de su sexenio: justo después de la fallida visita de Donald Trump a México y en la antesala de su impensado triunfo, ese mismo que ha puesto en jaque al gobierno en más de una ocasión.

Los símbolos del sábado en el discurso de Peña serán claves. ¿Será que hablará del mal que hace el populismo para referirse, sin nombrarlos, a López Obrador y a Donald Trump?, ¿le mandará un mensaje entrelíneas a la Casa Blanca?, ¿será que hablará del éxito en la relativa estabilidad económica del último año, que pintaba para un desastre?, ¿de que hay menos pobres, pero una brecha aún grosera en la distribución de la riqueza?, ¿será que hablará de corrupción y del castigo a los corruptos, como puede suceder con Duarte y Borge, pero sin tocar al otro Duarte y a Lozoya?, ¿del nuevo sistema de justicia penal?, ¿qué lugar ocupará Raúl Cervantes?, ¿en dónde sentarán a Nuño, a Meade, a Narro, a Osorio y a De la Madrid?... En política, pero más en el PRI y en sus gobiernos, los símbolos de las formas son en extremo importantes.

Peña Nieto ha sido un presidente de claroscuros, que ha fallado en los momentos complicados para defenderse de las andanadas críticas, pero aunque pese aceptarlo, por las fobias y filias partidistas, no puede regateársele que ha mantenido cierto control en el tipo de cambio y los números macroeconómicos, ni una negociación de mayor nivel ante las amenazas de Trump, que se antojaba sumisa y ha resultado más bien dura, ni que al final sí cayó Javier Duarte y Roberto Borge, ni que, aunque se le escapó, después detuvo al Chapo y lo extraditó.

Pero también es cierto que no se había visto tal nivel de corrupción en el país desde hacía mucho, que la violencia continúa imparable, al grado de que algunas zonas del país son francamente Estados fallidos en donde gobierna de facto el narco, y que siguen los muertos y desaparecidos, y el tráfico de armas, y que casi nadie se siente seguro. También es cierto que el PRI ha perdido muchos gobiernos estatales y que mantiene una imagen de descrédito generalizada entre la población.

Este será el último discurso del Presidente como presidente sin sucesor, dentro de un año, en su sexto informe, seguramente existirá un presidente electo, que puede ser su némesis, su concertación, su adversario o su delfín, este será el último informe como un mandatario y no como un lame duck.

Enrique Peña Nieto se juega todo y se nota en los nombramientos clave del Congreso, se nota en la unidad priísta que ha olvidado la iniciativa contra el pase automático y cierra filas en torno a Raúl Cervantes, se nota en el discurso de Enrique Ochoa contra sus rivales políticos, se nota en el ánimo de los tapados y en los aplausos que reciben, se nota en el ambiente y, tal vez, se note el sábado en las palabras del Presidente.

En los aplausos… a Peña Nieto le gustan los aplausos y este año tendrá que pelear por el mayor de ellos, va toda la carne al asador.

Y sí, hay muchos que no aplauden. No es para menos, Peña Nieto también tendrá que enfrentarse quizá a uno de los momentos más polarizados en el país, quizá más aún que en 2006 y que en 1988.

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