Retrato Hereje 8/1/18

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5 lastres heredados por Meade

Por Roberto Rock L.

Para un corredor de autos debe ser difícil incorporarse a la carrera cuando dos contendientes le llevan una franca ventaja. Pero resultará angustioso si una vez en la pista descubre que el vehículo que le asignaron tiene fallas por todos lados; que sus estrategas se colaron desde otro equipo y no lucen del todo confiables. Y que cuando se acerca a la zona de atención emergente, descubre que los asistentes no se ponen de acuerdo sobre si lo prioritario es arreglar el motor o cambiar las llantas.

Esta semana se cumplirán cuatro (una sexta parte del total) de que José Antonio Meade, abanderado del bloque PRI-Verde-Panal, se incorporó abiertamente a la carrera presidencial. Son visibles ya al menos cinco factores que lastran su impulso:

1.— La coordinación de campaña. Desde antes de que fuera “destapado” como ganador de la lisa interna en el PRI, a finales de noviembre, Meade se reunía con un grupo de operadores de confianza, primero cada semana, luego diariamente.

Algunos de ellos se han separado de sus puestos, cuentan con la confianza de su líder… pero no pueden tomar control de las cosas, porque en la coordinación de la campaña fue designado Aurelio Nuño, uno de los hombres más cercanos al presidente Peña Nieto, el que en el tramo final les disputó claramente la postulación. Y cuando se esperaba que alguien del primer círculo de Meade asumiera la vicecoordinación, a ese puesto llegó inopinadamente otro hombre del Presidente, Eruviel Ávila. Ello está generando la percepción de que falta mayor cohesión, más espíritu de cuerpo en la campaña.

2.— Los fuegos por apagar. Los estados que han sido seleccionados en estas jornadas iniciales fueron casi sin excepción, no plazas clave para asegurar votos o sitios emblemáticos donde mostrar poderío. Aguascalientes y Nayarit, colocadas en la agenda la semana recién terminada, son entidades en las que el PRI mordió el polvo en las elecciones anteriores en medio de escándalos de corrupción de administraciones del Institucional, o donde el oficialismo es gobierno pero sufre una honda fractura, como Colima, también visitada.

En Chamula, Chiapas, donde arrancó la campaña, hay una profunda confrontación que ya derivó en el asesinato del último alcalde electo. Y ya están a la vista las pugnas por las candidaturas al Congreso federal. ¿Quién será el genio que lleva a Meade a apagar fuegos y no a cosechar adhesiones? ¿Por qué el candidato está haciendo el trabajo del presidente del PRI, Enrique Ochoa, o de otros operadores tradicionales?

3.— Los (varios) “cuartos de guerra”. Así se llama al equipo que integra el primer círculo de estrategas; el que reacciona ante imprevistos, marca agenda, define discursos, aterriza una visión. Lo reportes disponibles hablan de al menos dos equipos paralelos, con integrantes que en algunos casos reportan a personajes externos. “La tareas se duplican, las órdenes se enciman”, se dijo a este espacio. Hay presencias confusas, como la de Alejandra Sota, exvocera de Felipe Calderón y operadora mediática de varios políticos, panistas y priístas, entre ellos Eruviel Ávila.

4.— Los aliados. Ninguna de las fuentes consultadas para este texto mostró certeza sobre si la participación del Partido Verde y Nueva Alianza garantiza un aporte neto por sobre el riesgo de daño que también atraen. Su “compromiso” parece ser cada vez más caro. Antes se medía en términos de diputaciones, puestos en el gobierno y algo de dinero para los líderes y las matracas en los eventos de apoyo. Ahora se tasa en senadurías, gubernaturas, reclamo de secretarías de Estado, el desplazamiento de priístas. Todo eso a cambio de… nadie sabe cuántos votos realmente. Mucho menos se tiene certeza de la garantía de lealtad de esos partidos, sus dirigentes y mecenas si al final de la campaña las cosas se ponen difíciles.

5.— El dilema sobre Anaya. Una confrontación de fondo entre Los Pinos y el entonces dirigente panista Ricardo Anaya, al que se le atribuyó haber traicionado acuerdos o filtrarlos a la prensa, derivó más recientemente en una ambigüedad sobre la actitud del PRI y el gobierno hacia el ahora aspirante presidencial del frente PAN-PRD-MC, que ha sido leída como un armisticio impuesto por la necesidad de contar con un aliado común para enfrentar al abanderado de Morena, Andrés Manuel López Obrador. En los (varios) equipos de campaña hay quien habla de Anaya como otro adversario a derrotar, mientras algunos más llaman a pactar con él e incluso lo describen como el “Plan B”, argumentando que así ocurrió en 2006, lo que hace un flaco favor a Meade.

En los hechos del debate en campaña, López Obrador y Anaya atacan a Meade, pero éste ha decidido o ha sido convencido de que debe centrarse mayormente en combatir al tabasqueño.

Parece haber un dubitativo Hamlet paseándose, e influyendo, en los entornos del cuartel de campaña del PRI y sus aliados.

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