Retrato Hereje 7/3/18

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Los dilemas de Lorenzo Córdova

Por Roberto Rock L.

Como Hamlet, el clásico literario que simboliza la agonía de la indecisión, Lorenzo Córdova encara dilemas ante la contienda por la Presidencia. En sectores clave crece la percepción de que el consejero presidente del Instituto Nacional Electoral (INE) parece dudar entre cumplir su misión o velar por su prestigio personal y futuro político.

Córdova cedió nuevamente a su protagonismo luego de que eltribunal federal electoral ordenó al INE corregir el reglamento diseñado por el propio Instituto para procesar la información de los sitios de votación el día de los comicios, pues el esquema definido ponía en riesgos la confiabilidad del escrutinio. El funcionario azuzó la inquietud alegando que la resolución del tribunal provocaría un grave rezago en las cifras sobre quién ganó la elección.

Fue necesario que la presidenta del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, Janine Otálora, lo reconviniera, mediante un artículo en EL UNIVERSAL, convocándolo indirectamente a comportarse con madurez “a fin de evitar escenificación innecesaria” y un “espectáculo de aclamación”.

No es la primera oportunidad en que Lorenzo Córdova se inscribe en una ruta de colisión con el Tribunal y con la sociedad despertando interpretaciones cada vez más inquietantes sobre los motivos políticos de su actuación.

En julio pasado, tras las elecciones de gobernador en los estados de México, Coahuila y Nayarit, personalidades públicas presentaron un reporte sobre irregularidades en la entidad mexiquense y exigieron la renuncia de los integrantes del Consejo General del INE, encabezados por Córdova, ante su inacción en este caso, la que, dijeron, demostró subordinación hacia el gobierno de Peña Nieto.

Entre los denunciantes se contaron Cuauhtémoc Cárdenas, Emilio Álvarez Icaza y diversos intelectuales y activistas.

Es evidente que el INE miró hacia el otro lado ante los atropellos electorales en el Estado de México.

Y en ello fue secundado por la autoridad local electoral, pero, paradójicamente, también por los partidos agraviados, Morena, PAN y PRD, entre otros, lo que resulta todavía más inexplicable.

Con Coahuila el contraste fue dramático. Córdova y el entonces dirigente nacional del PAN, Ricardo Anaya, parecieron embarcarse al unísono en la obsesión de anular los comicios locales. Decidieron ignorar al elefante sentado al centro de la sala mexiquense, pero exigieron repetir los comicios coahuilenses alegando un sobregasto del candidato oficial que no pudieron demostrar.

El tribunal federal electoral encontró que algunos registros de gastos del PRI y sus aliados en Coahuila habían sido computados dos veces en el INE y rechazó el reclamo de nulidad por tener una base endeble. Ricardo Anaya, en camino a la candidatura presidencial, se olvidó del tema para evitar el costo de la derrota y dejó en la estaca a Córdova y sus más cercanos colaboradores, que buscaban una dosis de gloria democrática.

Ése parece ser el problema mayor de Córdova Vianello: su afán de notoriedad. De acuerdo con quienes han analizado su conducta, se siente desafiado por la huella dejada por sus dos padres: el biológico, Arnaldo Córdova, riguroso jurista, politólogo e historiador fallecido en 2014, y el político, José Woldenberg, presidente del entonces Instituto Federal Electoral en un periodo (1996-2003) significado por la alternancia en Los Pinos después de 70 años de PRI, lo que lo dotó del aura de haber sido uno de los artífices históricos de la transición democrática.

Arnaldo Córdova fue, a los 18 años en su natal Michoacán, militante del Partido Comunista, entonces proscrito, cuya transformación apoyó para formar sucesivamente el PSUM, PMS, PRD y, ruptura de por medio, Morena. Tenía 51 años cuando lo deslumbraron los jóvenes rebeldes de 1968.

Para ellos escribió un texto donde preguntaba: “¿Qué clase de Leviatán nos gobierna? ¿Qué es la política y, en especial, nuestra política? ¿De dónde venimos y qué fuerzas nos han gobernado hasta ahora?” Cursó un doctorado en Italia (Roma), luego secundado por Lorenzo (en Turín). Fue un intransigente crítico, áspero defensor de sus ideas incluso frente a su hijo, hacia quien dirigió públicas críticas ideológicas.

Por su parte, José Woldenberg ha practicado una elegante discreción desde que dejó las oficinas del ahora INE. De cuando en cuando, su nombre es invocado por políticos y partidos que lo proponen para resolver entuertos y encabezar causas. Ante esas manzanas envenenadas y sin colocarse bajo los reflectores, ha empleado algunas palabras para desmentir estar involucrado en el tema en cuestión. Como ocurrió con Rulfo y sus libros, el prestigio de Woldenberg crece con cada cosa que no hace.

Frente a esas figuras de referencia que el tiempo y la perspectiva ha convertido en gigantes, Lorenzo Córdova tendrá que elegir, aseguran observadores del proceso, entre defender al INE como un estricto juez de cara a todos los actores, el gobierno Peña Nieto incluido, o ceder a sus manías de grandeza e incluso al mareo de colaboradores que ya lo promueven para ser Presidente de la República en 2024.

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