Tratar de explicar a México 28/5/18

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Del coraje al miedo

Por Francisco Martín Moreno

Partamos de un principio irrefutable: las emociones, por definición, son irracionales. ¿Aceptado? Pues en este orden de ideas he observado que algunos sectores de la sociedad mexicana han iniciado un lento peregrinaje del mundo de la furia, del hartazgo y del coraje, al escenario del miedo, otro sentimiento en el que se percibe la gradual desaparición del justificado deseo de venganza ante los ultrajes incalificables cometidos por la propia autoridad: se empieza pensar -ya era tiempo- en la protección personal y en el cobijamiento de la patria. Castigar al gobierno en las urnas se entiende como una intención incontestable, ni hablar, ¿pero qué culpa tiene México en este apetito de penalización?

¿De dónde surge y se alimenta la indignación y la cólera? Nunca, en la dolorida historia de México, habíamos asistido a tantos desfalcos escandalosos, desviaciones de fondos, moches o simples raterías burdas o sofisticadas ejecutadas por la pandilla gobernante en los tres niveles de gobierno, contemplados tanto desde el ángulo vertical, como del horizontal. La delincuencia organizada la encabeza la propia autoridad representada, sálvese quien pueda, por los tres poderes de la Unión. Aquí no se salva nadie o muy pocos, poquísimos. El malestar ciudadano se disparó desde que se instrumentó una reforma fiscal draconiana que privó a la sociedad de una parte muy importante de sus recursos, solo para que ésta se frustrara al comprobar cómo se dilapidaban o se robaban sus impuestos pagados con enormes sacrificios. La ciudadanía se politizó desde que empezó a constatar el oprobioso destino de sus ahorros convertidos en botín de los poderosos.

¿Más…? La inseguridad nacional se convirtió en desesperación desde que el gobierno no pudo frenar ni la ola de crímenes ni de desaparecidos ni contenía a los narcos ni sometía a los huachicoleros ni a los ladrones de trenes ni a los gobernadores podridos ni a la CNTE que dejaba a millones de niños sin escuela, otra banda de rufianes, supuestos maestros, feroces defensores de la ignorancia. Los cargos de ineficiencia nos condujeron ahora a una nueva conclusión: la sociedad mexicana y el mundo contemplan al gobierno de México como un Estado fallido…

Hasta aquí solo algunas explicaciones para tratar de demostrar el origen de la ira, así como los deseos de venganza. Pasemos ahora a tratar de demostrar el tránsito del hartazgo al miedo.

El creciente temor social se funda en la identidad del verdugo llamado a ejecutar la represalia. Todo comienza porque AMLO, el supuesto impartidor de justicia, formó parte durante muchos años, de la familia de depredadores y saqueadores que ahora deseamos sancionar con todo el rigor de la ley.

Como fiel heredero de la escuela delictiva priísta, AMLO decidió investir como legisladores (los encargados de construir un Estado de Derecho) a secuestradoras como Nestora o defraudadores como Gómez Urrutia, entre otros tantos “colaboradores” con cuentas pendientes con la justicia. Exoneró de todo cargo a la llamada “Mafia del Poder” y prometió conceder amnistía a los narcotraficantes encarcelados y a los envenenadores de la sociedad que aún se encuentran en libertad. López Obrador se opone a combatir la violencia con violencia como si fuera un Gandhi dispuesto a convertir a los huachicoleros, narcos y presupuestívoros, en carmelitas descalzas incapaces de robar gasolinas propiedad de la nación, vender enervantes o lucrar con el tesoro público.

Si uno de los conflictos que más afligen a la sociedad es la inseguridad que también tiene consecuencias en la inversión extranjera y en el turismo, resulta imposible que el futuro jefe de la Nación desee prescindir del uso del monopolio de la fuerza pública para someter a los rufianes que atentan en contra de la vida y de bienes de la sociedad. ¿Más? La Marina y el Ejército son unas de las pocas instituciones respetables que subsisten en México y AMLO se ha cansado de denigrarlas, al igual que ha hecho con los escasos ministros respetables de la Corte de justicia, a quienes ha etiquetado con calificativos indignos e irrepetibles. López Obrador propone la creación de un Estado de Derecho a modo, el mismo sistema existente en las perversas décadas de la Dictadura Perfecta. ¿Pruebas?

Pretende elegir a un fiscal especial anticorrupción sin la participación de la ciudadanía… En un país de reprobados, en el que existen más de 50 millones de personas sepultadas en la pobreza, AMLO se opone a la reforma educativa, como se opone a la reforma energética que implica el arribo de 200 mil millones de dólares y al aeropuerto, que significa la brutal expansión de los movimientos de carga y de pasajeros con la consecuente derrama voluminosa de divisas. AMLO sostiene, sin demostrarlo, que ahorrará 500 mil millones de pesos porque con su simple llegada al poder se acabará la corrupción, misma que no pudo erradicar cuando fue jefe de Gobierno. ¿Ahora sí podrá cuando renuncia a ejercer la fuerza pública y cree que con su presencia se “purificarán” millones de burócratas dignos de ser santificados y bendecidos?

La sociedad se ha venido dando cuenta que AMLO representa al viejo PRI, aquel de cuya memoria nadie quisiera acordarse. Basta con estudiar los antecedentes y desprestigio de la inmensa mayoría de colaboradores. Los capitalistas nacionales y extranjeros han detenido sus inversiones, el tipo de cambio sufre aparatosos vuelcos, no solo por el TLC; los empresarios mexicanos, los creadores masivos de empleos productivos, se encuentran enfrentados con AMLO, quien llama “Gigante” a un canalla como Fidel Castro, otro que mandó al diablo a las instituciones cubanas. ¿Qué tal la torpeza de prometer la construcción de refinerías de costos multibillonarios, cuando las industria automotriz fabrica vehículos eléctricos…?

La sociedad mexicana se va serenando al tiempo que transita de la furia al miedo, según se acerca el momento de votar. En las próximas semanas empezarán a cambiar los resultados de las encuestas, más aún si se sabe que López Obrador se encuentra muy enfermo y cansado y el poder presidencial podría caer en manos de otro personaje igual o más peligroso, cuyo verdadero rostro nadie imagina.

¡Cuidado!

El miedo pide, con razón, el uso de la palabra…

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