Serpientes y Escaleras 29/5/18

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El “Nuevo Diego” o el ministro que no pudo ser

Por Salvador García Soto

Entre los nombres de los colaboradores más influyentes que tuvo Peña Nieto en su gobierno, el de Humberto Castillejos es sin duda de los de mayor influencia en este sexenio. El poderoso exconsejero Jurídico que dejó Los Pinos hace casi un año, en junio de 2017, luego de haber sido el autor, operador y cabildero en el Congreso de todas las iniciativas y reformas importantes del presidente, Castillejos que también manejó y manipuló toda el área de la justicia federal en este sexenio, donde impuso desde procuradores, magistrados y hasta ministros de la Corte, decidió renunciar a su cargo en busca de lograr, para él mismo, su máximo sueño: una silla entre los máximos jueces de la Suprema Corte, algo que finalmente no pudo alcanzar.

Pretextando su lujosa boda con Paulina Landa el pasado 8 de octubre, de la que Peña fue testigo, el exconsejero jurídico dejó su poderosa oficina en la residencia presidencial, en donde también impuso sucesor con su cercano colaborador Misha León Granados Fernández. Pero aunque ya no estaba en el gabinete, mantuvo intacta no sólo su influencia y cercanía, sino su comunicación directa y personal con el presidente, pues en estos últimos meses, cuando ya había puesto un lujoso despacho de abogados en la colonia Condesa -donde antes estuvo el de su padre el abogado Marcos Castillejos-, Humberto Castillejos seguía entrando con frecuencia en el despacho presidencial.

“Humberto ve y habla más con el presidente, aun cuando ya no es consejero, que muchos secretarios del gabinete”, comentó un peñista cercano, quien asegura que el exabogado presidencial seguía “operando asuntos delicados y políticos por encargo de Peña”, entre los que mencionaba el reciente fallo de cuatro magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial federal que terminaron por validar la candidatura independiente de “El Bronco”, en buena medida por “peticiones y presiones” que realizó el mencionado Castillejos.

Pero a pesar de que su poder e influencia siguen intactos y de que ahora, en su lujoso despacho ha llegado a comentar a sus gentes de confianza: “yo voy a ser el nuevo Diego (Fernández de Cevallos)” por aquello de que también recibe y litiga casos de conflictos territoriales o agrarios de grandes superficies, además de otros casos importantes que resuelve moviendo sus influencias lo mismo entre su “empleado” actual de la PGR, Alberto Elías Beltrán, que entre jueces, ministros y magistrados del Poder Judicial, hay algo que el joven abogado se propuso como objetivo y que no ha podido lograr: ser ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Cuando anunció su salida de la consejería Jurídica, en junio del año pasado, Castillejos había diseñado maquiavélicamente un plan y una ruta que lo llevaría, según sus cálculos, a la Suprema Corte. Con el apoyo del presidente, de quien ya era entonces uno de los consejeros más influyentes -rivalizando incluso con Luis Videgaray y Aurelio Nuño- el abogado había ideado “promover” a la ministra, Margarita Luna Ramos, para que el gobierno mexicano la propusiera como jueza de la Corte Penal Internacional de La Haya, el cargo más alto al que a nivel mundial puede aspirar cualquier jurista. Con esa “honrosa distinción”, Castillejos buscaba que la ministra abandonara su ministerio antes de noviembre de 2018, cuando concluye su periodo, para dar paso a que el presidente tuviera que enviar una terna al Senado, en la que, por supuesto, él sería el futuro ministro de la Corte.

A Margarita Luna le hicieron el ofrecimiento y ella en principio se entusiasmó con la idea y ofreció que lo pensaría. Eso hizo que el consejero jurídico apurara su salida para “preparar” y “cabildear”, ya sin el nexo directo con el presidente, su llegada a la Corte en los primeros meses del presente año. Era un plan casi perfecto: la ministra iría a la Corte Internacional, Castillejos cumpliría su gran sueño de ser ministro y el presidente Peña garantizaba un voto más en la SCJN que lo “blindara” de cualquier intento futuro por enjuiciar o investigar su gestión.

Pero ocurrió que la ministra Luna finalmente dijo “no, gracias”, agradeció el “honor” pero adujo “razones familiares” por las que no estaba en sus planes dejar anticipadamente la Corte y el plan de Castillejos se vino abajo.

Acostumbrado a lograr lo que se propone, el joven abogado trazó otra ruta y le vendió un nuevo plan a Peña Nieto: proponer al ministro José Ramón Cossío para que con todo su prestigio y reconocimiento fuera propuesto por el presidente como el primer Fiscal General de la República. Si Cossío aceptaba, se abriría la vacante que él necesitaba para ser propuesto en una terna como ministro. Pero tampoco Cossío se dejó seducir y respondió que ni le interesaba, ni constitucionalmente podía porque tendría el impedimento de no haber ocupado un cargo durante dos años.

Ahí fue cuando el ministerio de la Corte pareció írsele definitivamente de las manos al poderoso exconsejero que hoy sigue teniendo el derecho de picaporte en Los Pinos y operando asuntos, mientras se esfuerza en consolidar, con sus influencias y contactos del más alto nivel en los circuitos judiciales, su despacho de abogados y su nueva meta profesional y política de convertirse en “el nuevo Diego” de la justicia mexicana.

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