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Se desata guerra arancelaria

Por Carlos Fernández-Vega

Con la imposición de aranceles (25 por ciento) a las importaciones de acero y aluminio (10 por ciento) procedentes de México y Canadá (también las aplicó a la Unión Europea), el esquizoide de la Casa Blanca no sólo desató la guerra comercial, sino que puso el último clavo en el ataúd del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, salvo, claro está, que sus socios y amigos se agachen y acepten incondicionalmente todos los caprichos de Donald Trump.

La decisión unilateral del gobierno estadunidense –que entró en vigor en el primer segundo del uno de junio– encontró el rechazo inmediato de México y Canadá, cuyos mandatarios anunciaron sanciones compensatorias del mismo calibre y a partir de la misma fecha, las cuales se mantendrán vigentes en la medida que el inquilino de la Casa Blanca no reconsidere, si es que tienen capacidad para sostenerse.

En síntesis, comenzó la guerra arancelaria y comercial entre los supuestos socios y amigos, o, como bien apunta el Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico (IDIC, de cuyo análisis se toman los siguientes pasajes), se terminó el sueño del libre comercio desregulado que subordinó la legislación nacional a los ordenamientos de los organismos multinacionales; la lógica del libre comercio llegó a su fin, al menos bajo la modalidad que le dio vida durante la década de los años 80 y 90 del siglo pasado: hoy, las principales potencias económicas del orbe avanzan hacia una regulación del intercambio comercial. Los mecanismos difieren, pero el objetivo es el mismo: anteponer su interés nacional.

Para Donald Trump el comercio internacional representó una pérdida de empleos e inversión, algo provocado por sus propias empresas y por la lógica de apertura comercial que subordinó la producción, la creación de empleos (y con ello el bienestar de la población) al interés de obtener rentas comerciales y financieras, aun si ello implicaba enviar empresas a países donde se emplea mano de obra de niños y no se respeta al medio ambiente.

El problema es que Trump pretende utilizar el poder político y económico de su gobierno para alinear el comercio internacional a las necesidades estadunidenses. Busca hacerlo con regulaciones, no en función de la construcción de una plataforma productiva que realmente pueda competir con la innovación y la productividad de Asia. Al perder el liderazgo de la innovación tecnológica, Estados Unidos se quedó también sin la prioridad en el registro de patentes que dan vida a la manufactura moderna. El problema para México es que siguió ese ejemplo y desmanteló a la incipiente industria nacional que existía hasta el primer lustro de los años 80.

Existe un elemento adicional: las propias empresas trasnacionales de Estados Unidos no comparten la visión de su gobierno. La razón se encuentra en que la mayor parte de los beneficios del comercio internacional han sido para ellas, algo a lo que no desean renunciar. Por tanto, prefieren mantener una relación comercial con China que ceder ante Trump, situación no vista anteriormente.

Para México el mensaje es claro: la apertura comercial se modificará, hay una nueva tendencia en la globalización, incierta por naturaleza. El combate a la competencia desleal y al incumplimiento de los acuerdos comerciales que no se quiso dar hace años hoy es inevitable. El gobierno mexicano y los propios candidatos a la Presidencia de la República deberán tener un plan contingente para enfrentar la nueva realidad. Hay que ser claros: los aranceles que Estados Unidos impone en acero y aluminio corresponden a una guerra comercial que libra con China, de la cual México debe deslindarse.

El mundo y, particularmente México, pagan una factura por haber tomado una posición de tolerancia ante la competencia desleal y la sobreproducción global de hierro, acero y aluminio. Las negociaciones de los pasados cuatro años no inhibieron la estrategia de China, nación que tiene el objetivo de desarrollar su economía y para lo cual ha implementado una ambiciosa estrategia de política industrial que ha privilegiado el crecimiento de su industria siderúrgica, del aluminio y el cemento, pilares fundamentales sobre los cuales también ha construido una enorme capacidad industrial de tecnología avanzada. 

Los aranceles a la exportación de acero y aluminio mexicano al vecino del norte no tienen justificación económica: en primera instancia, porque Estados Unidos mantiene un superávit estructural con México en fundición de acero, productos manufacturados de hierro y acero, así como en aluminio y sus manufacturas. En segundo término, porque la industria siderúrgica mexicana no recibe beneficios fiscales o de financiamiento por parte del gobierno.

Estados Unidos decidió interponer a los sectores del aluminio y el acero como mecanismos de presión. Es falso que México atenta contra la seguridad nacional de Estados Unidos. Para nuestro país, la determinación estadunidense muestra la necesidad de contar con un proyecto de desarrollo industrial que favorezca el contenido nacional y la integración productiva de cadenas de valor para no estar sujetos a cambios unilaterales que puedan suscitarse en cualquier país. Tenemos que cuidar el comercio internacional, pero también la producción en nuestro país por su relevancia en la generación de empleos, inversiones y crecimiento económico de México.

De acuerdo con la información del Census Bureau de Estados Unidos, en 2017 México exportó a Estados Unidos mil 972 millones de dólares clasificados como fundición de hierro y acero. El saldo comercial con México fue favorable para los estadunidenses por 2 mil 766 millones de dólares.

En aluminio y sus manufacturas Estados Unidos tuvo un superávit con México de 2 mil 810 millones de dólares. Además, la producción de hierro, acero y aluminio se ha encarecido en México por el incremento en el precio de los energéticos, mayores costos de transporte, combustibles, insumos intermedios, maquinaria que se importa para fabricar.

LAS REBANADAS DEL PASTEL

En esta tan cacareada democracia mexicana lo que urge democratizar es a los barones, al gran capital, que se sienten dueños del país y de quienes lo habitan. Con su actitud feudal se han convertido en un gran lastre para el sano crecimiento de la economía nacional, el desarrollo del país y, desde luego, el fortalecimiento de la democracia… Dólar bara, bara, llévele, llévele: 20.25 pesitos en Banamex, 20.27 en Scotiabank, 20.35 en Bancomer, 20.58 en CI Banco.

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