2 de Agosto de 2021
Director Editorial Lic. Rafael Melendez | Director General - Dr. Rubén Pabello Rojas

OPINIÓN

Un mundo mejor

MIGUEL CARBONELL

El tremendo impacto que ha tenido la pandemia de Covid19 nos puede hacer pensar que vivimos en un mundo sin esperanza y que nos ha tocado un tiempo terrible para estar vivos. Tomando en cuenta los millones de muertos, la debacle económica, la incapacidad de muchos gobiernos para conseguir o distribuir las vacunas y la desazón de ver nuestras escuelas y negocios cerrados, no es difícil tender hacia el pesimismo.

Pero si ampliamos un poco la mirada y nos fijamos en lo que la humanidad ha sufrido en el pasado quizá podamos modificar nuestra perspectiva y concluir que la dureza de los tiempos actuales quizá no lo sea tanto. Veamos.

La tasa de pobreza extrema en el mundo (personas con ingresos inferiores a 1.9 dólares al día) era de 44.3% a nivel global en 1981. En 2015 había bajado hasta el 9.6%. Una disminución espectacular, nunca vista en la historia de la humanidad. De hecho, la tasa de pobreza global era del 94% en 1820, del 82% en 1910 y del 72% en 1950. China, que es el país más poblado del mundo, logró disminuir la pobreza del 90% en 1981 hasta el 10% en 2016. No es poco lo que hemos avanzado como humanidad desde entonces, aunque todavía tenemos mucho por hacer en el combate a la pobreza.

En las sociedades humanas de la prehistoria, cuando éramos cazadores-recolectores, la esperanza de vida se ubicaba entre los 20 y los 30 años. En las civilizaciones clásicas que dieron lugar al alumbramiento del mundo moderno en la antigua Grecia y el Imperio Romano, la esperanza de vida se ubicaba entre los 18 y los 25 años. En la Gran Bretaña del la Edad Media las personas vivían en promedio entre 17 y 35 años de edad. Antes del siglo XIX, ningún país europeo tenía una esperanza de vida superior a los 40 años.

El gran aumento de la esperanza de vida que hemos visto en los años recientes solamente ha sido disfrutado por cuatro, de las 8 mil generaciones de seres humanos que ha habitado el planeta desde hace doscientos mil años. El amable lector de esta columna forma parte de esos elegidos. 

A finales del siglo XIX la mortalidad infantil promedio (muertes antes de cumplir 5 años) se movía entre los 10 y los 25 fallecimientos por cada 100 nacimientos. Actualmente oscila entre 2 y 5 muertes por cada 100 nacimientos, lo cual nos obliga a hacer todo lo posible por seguir bajando esa estadística.

La esperanza de vida en América Latina ha subido de los 50 años en 1950 hasta los 74 años en la actualidad. En África ha aumentado de los 37 hasta los 57 años en el mismo periodo, a pesar de los efectos devastadores de la epidemia de VIH en ese continente.

El aumento en la esperanza de vida y la disminución de la mortalidad infantil son resultado del incremento de la riqueza. Ningún país del mundo con una renta per cápita superior a los 10 mil dólares anuales tiene un rango de mortalidad infantil superior al 2%, como resultado del aumento de la inversión en salud, drenaje, agua potable, mejor alimentación y medicina más avanzada.

Y no solamente vivimos más años, sino que la calidad de vida en los tiempos actuales es infinitamente superior a la que han tenido las anteriores generaciones de habitantes del planeta. No olvidemos que antes de la Revolución Industrial se vivía sin medicinas, sin antibióticos, sin agua potable, sin cubrir las necesidades de ingesta calórica diaria, sin electricidad, sin drenaje en las ciudades.

Hace 150 años se requería el trabajo de un día completo de 25 personas para cosechar una tonelada de grano. Hoy la tecnología permite que esa cosecha la logre una sola persona y se tarde 6 minutos en realizar la tarea. En 1947 la mitad de la humanidad sufría desnutrición crónica según la FAO. Actualmente la desnutrición afecta al 11% de los seres humanos, lo cual es demasiado y se debe trabajar para erradicar por completo el hambre en el mundo. Entre 1961 y 2009 las tierras dedicadas al cultivo aumentaron en un 12% a nivel mundial, pero la productividad de las mismas se disparó en un 300%.

Vivimos en un mundo mejor. A veces no nos damos cuenta y pensamos que los avances de los que disfrutamos han sido una constante a lo largo de la historia. No es así. Pese al desastre de la pandemia, tenemos datos para el optimismo. Saldremos adelante y el mundo será mejor para las generaciones venideras. Que nadie lo dude.