20 de Junio de 2021
Director Editorial Lic. Rafael Melendez | Director General - Dr. Rubén Pabello Rojas

Historia de dos tragedias

ALEJANDRO HOPE

La capital del país lleva más de un año de luto permanente. Según cifras oficiales, la pandemia ha provocado, de manera directa o indirecta, la muerte de más de 65 mil residentes de la Ciudad de México. Si se añaden los no-residentes, las muertes en exceso pasan de 91 mil. Y si se considera a los municipios conurbados, la suma llega a 159 mil.

Dicho de otro modo, uno de cada 137 habitantes de la zona metropolitana del Valle de México ha muerto como consecuencia de la crisis sanitaria. Ninguna urbe del planeta ha sido tan golpeada por el virus.

Pero esta catástrofe de proporciones bíblicas no tuvo impacto negativo en la popularidad de la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum. De hecho, en la serie de encuestas publicadas en El Financiero, su tasa de aprobación aumentó de 63 a 71% entre abril de 2020 y abril de 2021.

Pero luego vino mayo y llegó otra tragedia: el desplome en la Línea 12 del Metro capitalino y la muerte de 26 pasajeros. Esa sí no la perdonaron los capitalinos: según la misma serie de encuestas, la aprobación de Sheinbaum disminuyó 22 puntos porcentuales en menos de un mes.

¿Qué explica este efecto paradójico? ¿Por qué una hecatombe sanitaria tiene efectos políticos limitados, mientras que un accidente, ciertamente grave pero con impacto acotado, trastoca los equilibrios políticos de la ciudad (y tal vez del país)?

No tengo una respuesta completa, pero van algunas hipótesis:

  1. La pandemia es un fenómeno de víctimas solitarias. La gente ha muerto en una multiplicidad de clínicas y hospitales, cuando no en sus casas. No hay puntos focales, lugares donde se pueda concentrar la atención. En el caso de la Línea 12, la expresión material de la tragedia es fácil de ubicar. Es un desastre con una carga visual espectacular.
  2. En el caso de la pandemia, las autoridades, tanto federales como capitalinas, inyectaron en la discusión pública una condena moral a las víctimas. En esa lógica, las personas que fallecieron fueron responsables, al menos parcialmente, de su desenlace fatal, ya sea por sus malos hábitos alimenticios o por no seguir las instrucciones de la autoridad. Es decir, se la buscaron. Pero es imposible hacer lo mismo en el caso del Metro: no hay manera de transferir responsabilidad a las víctimas.
  3. En la crisis sanitaria, es más difícil para el público asignar culpas. Es un asunto planetario, con impactos diferenciados en múltiples países, con vínculos de causalidad no enteramente claros. ¿El retraso en la adopción del semáforo rojo en la CDMX en diciembre produjo muchas muertes evitables? Casi de seguro, pero la relación no es enteramente evidente: de arranque, la causa y el efecto están separados por varias semanas. Pero en el caso del derrumbe del Metro, la culpa es de quién hizo la obra o de quienes han estado encargados del mantenimiento o de ambos: no hay nadie más. Y hay una línea de continuidad entre todos los involucrados: hasta Mancera fue, por largo rato, integrante del mismo grupo político. Entonces, para el electorado, es relativamente sencillo asignar responsabilidades.

Sumado, todo lo anterior conduce a la invisibilidad de algunas tragedias, a muertos que no importan o que importan como estadística, a víctimas que pesan poco en la discusión moral y política. Y lleva, en cambio, a que algunas muertes tengan un impacto político gigante.

Esto puede resultar una obviedad, pero tiene implicaciones serias. Tal vez la clase gobernante atienda lo que provoca accidentes aparatosos, pero no lo que causa tragedias masivas, persistentes y silenciosas.

Ese es tal vez el peor desastre que enfrentamos.


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