PLATA O PLOMO

el

COMO HOMBRE

ALEJANDRO HOPE

“Pobre hombre, es horrible lo que le ha pasado, pero ¿qué hacía a esas horas de la noche en compañía de una mujer?”.

“¿Para qué querrías un aumento de sueldo si estás casado y tu mujer trabaja?”.

“¿Por qué quieres ser cirujano si eres hombre? Ese siempre ha sido ambiente de mujeres. Los hombres tienen que hacer una especialidad no tan demandante que les permita criar a los hijos y atender a su esposa.”

Pregunta para mis lectores de sexo masculino: ¿les parecen ofensivas las tres frases previas?

¿Ridículas? ¿Sexistas? ¿Discriminadoras? ¿Violentas?

Muy bien: ahora donde dice hombre, escriban mujer y viceversa ¿Qué opinan entonces? ¿Esas expresiones siguen siendo ridículas, sexistas, discriminadoras y violentas? En este momento, tal vez me respondan que sí, pero ¿no será que tal vez han dicho eso o algo similar? ¿O lo han pensado? ¿O lo han escuchado o leído sin que se les prendiera alguna alerta? Y si es el caso, ¿por qué algo que les parece inaceptable si se refiere a un hombre, les resulta perfectamente normal cuando está dirigido a una mujer?

Esa es la reflexión a la que invita una dinámica en Twitter, usando las etiquetas #comohombre o #comohombres. Lanzada originalmente por Ana María Mesa, una académica y activista colombiana, el ejercicio busca visibilizar las múltiples formas de machismo cotidiano, invirtiendo el género en muchas frases que tenemos normalizadas en nuestro lenguaje diario. Y ha sido un éxito rotundo: en 48 horas, se sumaron 43 mil tuits con esas etiquetas (de ese universo, tomé las tres frases iniciales).

Como hombre, leo esa avalancha de tuits y no puedo dejar de reconocerme. En diversos momentos de mi vida, he dicho varias de las frases que allí son satirizadas. Otras las he pensado. Y he escuchado casi todas. En la voz de amigos, conocidos, colegas y compañeros de trabajo. Las he leído en periódicos, revistas, libros y redes sociales. Las he oído en la radio, la televisión y el cine.

Y en la gran mayoría de los casos, me quedé callado. A veces, ante expresiones particularmente grotescas, me guardé la indignación. En otras ocasiones, me reí o asentí en silencio. Y en buena parte de esas situaciones, probablemente ni siquiera registré la agresión: el comentario me pareció normal o hasta razonable.

En todos esos casos, me equivoqué. Hice mal al proferir comentarios sexistas. Hice mal al pensarlos y racionalizarlos. Hice mal al reírme de chistes degradantes. Hice mal al no decir nada ante acciones y expresiones ofensivas de muchos hombres en mi entorno. Hice mal en no caer en cuenta de que estaba actuando mal.

Podría tratar de justificarme alegando mi edad (49 años) y el hecho de que soy hijo de mi tiempo. O podría aventar como excusa que disentir de la cultura machista dominante lleva al ostracismo en un país como México. O tal vez podría esconderme detrás de alguna teoría sociológica sobre el peso de la presión de los pares en las decisiones individuales. Pero la realidad es que nada de eso es justificación. Sin importar las circunstancias, no está bien insultar, herir, sobajar, humillar o discriminar a las mujeres. Punto.

No está bien intrínsecamente y no está bien porque le abre la puerta a todo lo demás: a la discriminación laboral, la exclusión política, la violencia sexual, las agresiones físicas, la impunidad sistémica y el miedo permanente. No es solo un chiste, no es solo un comentario: las palabras cuentan.

Entonces, como hombre, no me queda más que ofrecer disculpas a las mujeres por mis palabras y mis silencios, por lo que dije, por lo que pensé y por lo que me callé.

Perdón.