Ebrard y el manotazo diplomático

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Marcela Gómez Zalce

El desafío será la reconstrucción de un nuevo paradigma en la relación bilateral ya con los demócratas en la Casa Blanca

Los cambios en las agendas de seguridad bilateral no pueden entenderse en abstracto sino en un contexto más amplio de multiplicación de actores y escenarios. El enfrentamiento soterrado por el control y el tráfico de drogas en ambos lados de la frontera y su tolerancia o intolerancia en diversos periodos de la historia de México y Estados Unidos han tenido que ver no tanto con los riesgos para la salud pública, sino más bien con cuestiones político-económicas.

El reciente episodio de larga tensión tuvo su disparador con la detención del exsecretario de la Defensa Nacional en el gobierno de Peña Nieto, Salvador Cienfuegos, acusado de conspiración, fabricación, importación y distribución de narcóticos a los Estados Unidos y de lavado de dinero. El hecho cimbró al gobierno de López Obrador y a nuestras fuerzas armadas, estas últimas en la mira de la DEA para sentarlas en el banquillo de los acusados y así construir los cimientos de un maxiproceso contra el Estado mexicano. El primer paso fue la detención de Genaro García Luna, ex secretario de Seguridad Pública de Vicente Fox y Felipe Calderón y con Cienfuegos las posibilidades de abrir un alud de casos en la Corte de Nueva York donde se exhibirían la red de vínculos y los hilos de corrupción durante varias administraciones colocaría a México en una posición vulnerable en la geopolítica internacional con todo lo que ello significa.

Ante la arbitraria detención por las formas, el canciller Marcelo Ebrard comenzó a mover los engranes de una exitosa maquinaria diplomática para manifestar que la confianza es un hecho básico en la relación bilateral y que los problemas se plantean en términos de la conservación de la estabilidad de los sistemas de acción.

Se le hizo saber al gobierno estadunidense que se atentó contra el principio de soberanía de México al recabar pruebas —que incluyeron conversaciones telefónicas— en una investigación de un alto funcionario sin el conocimiento y cooperación de autoridades mexicanas. El contexto allá es claro; la confianza en las instituciones acá, es nula.

Y con el “affaire” Cienfuegos la presión estadunidense para revivir una certificación que pasara por el ámbito castrense era inminente. La derrota de Donald Trump puso sobre la mesa el “quid pro quo” bilateral y la audacia para colocar en la mesa una ruptura total de México en materia de cooperación en la esfera de seguridad y narcotráfico.

El desenlace es ya un hecho histórico y sin precedentes, el general de cuatro estrellas está en el país y la pelota en la cancha del fiscal Gertz Manero.