18 de Marzo de 2026

Los ojos del mundo siguen en México. Human Rights Watch, The Guardian, New York Times, El País, Vanguardia, entre otros, no nos dejan de calificar. Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, siguen su labor de observación. Desde el jueves por la tarde, la atención se centró en la explosión del hospital de Cuajimalpa, pero en realidad este lamentable hecho no nubló el peso real de los acontecimientos en Guerrero.

La imagen de México en el mundo se lastimó, una vez más, al querer acabar de golpe con el problema de los 43 estudiantes desaparecidos. Ninguna instancia internacional aceptó que no haya existido participación de los militares ni de las fuerzas armadas en los eventos tanto de Tlatlaya como de Ayotzinapa. Hasta ahora ninguna de las instituciones conocidas apoyó las declaraciones hechas por el Procurador Murillo Karam esta semana. Peor aún, se le cuestiona abiertamente. Se pide que se esclarezcan las pruebas y se vaya al fondo. La acusación se elevó al rango de desapariciones forzadas, mismas que por su naturaleza, requieren de transparencia, ya que la mirada global está en nuestro país. Mucho se ha dicho que la crisis de derechos humanos que ahora se vive, es más profunda que la de 1968. Desde el 2006, el número de muertos y desaparecidos ha rebasado con mucho en México, al de los chilenos durante el golpe y la dictadura de Pinochet.

Mientras esto continúa, la caída en los precios del petróleo ha obligado, acertadamente, a recortar el gasto gubernamental para el 2015, en especial el gasto corriente. Además de ajustar los presupuestos, observamos un enorme retraso en las inversiones energéticas que ya deberían estar entrando al país. Con el barril de petróleo a 100 dólares, era seguro que los extranjeros se jugaran sus inversiones en México, hoy, el escenario es otro. Con barriles de menos de 40 dólares, piensan al menos dos veces antes de invertir aquí. El desarrollo que requiere el país tardará mucho más de lo que se hubiese imaginado.

El escenario global no ayuda ni favorece nuestros tiempos. Esta semana vemos que justo a un año de iniciado el conflicto en Ucrania, las proyecciones son de profundos problemas económicos y políticos que no van a estabilizar la economía global. Esto nos afecta. La guerra que se desata entre Estados Unidos y Europa en contra de Rusia tiene muchas aristas. Una de las principales es la energética. Desde diciembre pasado, en pleno invierno, Rusia decidió que no exportará el gas que Europa requiere por el territorio de Ucrania. Ahora se hará por Turquía. Esto complica la dependencia energética que tienen los europeos de los rusos. A pesar de la crisis económica por la que atraviesan, tendrán que hacer inversiones en gasoductos para satisfacer su demanda desde Turquía. Las nuevas elecciones en Grecia han cuestionado la forma en que el nuevo gobierno se vinculará con Europa. Depende en 90% de los energéticos rusos y no puede jugar a favor de los europeos si no tiene esta demanda resuelta, así como reducidos los niveles de su deuda externa. Alemania ya amenazó con que Europa no debe cargar con la deuda griega.

En México buscamos construir nuevos gasoductos que nos permitan importar gas a precios más bajos. Nuestra localización en América del Norte nos obliga a fortalecer, como se hace, nuestros vínculos con Estados Unidos y Canadá. Todavía hoy, no tenemos las bajas temperaturas que se viven en Europa pero así como ellos dependen de los energéticos de Rusia, los efectos del cambio climático nos llevan a depender cada vez más del uso del gas. En la medida en que no resolvamos los problemas internos y que la complejidad internacional nos desfavorezca, difícilmente podremos desarrollar al país y menos aún, alcanzar la competitividad anhelada. Nos encontramos ante la puerta a una nueva y desafortunada guerra mundial, al tiempo que la guerra en casa no encuentra solución. Ya no es la Guerra Fría. Es otra y muy pero muy caliente.

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