
Con un barril de petróleo en horas bajas, Rusia se encuentra en una situación sumamente incómoda; pero no por ello se le puede subestimar, más bien al contrario.
De manera silente y opacado por los actos de barbarie del Estado Islámico (EI), Vladimir Putin ha seguido machacando a Ucrania. Eso sí, de una manera sagaz, sin hacer enojar a la Unión Europea, que se sigue creyendo sus propias mentiras, prometiendo al gobierno de Kiev que no se arredre, en un acto de mitomanía.
Lo cierto es que Rusia controla una parte no menor de Ucrania. El ansiado Mar de Azor, que es el primer vaso comunicante con el Mar Negro, es ya ruso “de facto”. Crimea, con el puerto de Sebastopol y su potente armada rusa, también es controlada por Putin. Lo mismo que el Trasniester hasta Moldavia. No olvidemos el carbón que siempre ha habido en esa parte del Este ucraniano.
La clave es fagocitar parte de Ucrania desde el río Nieper —que separa el país— hacia el Este.
Y aquí juegan un papel muy importante esas venas de petróleo y, sobre todo, de gas que recorren Rusia y pasan por Ucrania para abastecer a Europa.
Putin se ha sentido traicionado y amenazado; ambas cosas, lo que provoca un cóctel molotov para alguien como él. Por eso su venganza es lenta y agónica.
Pero todo esto lo hace de una manera ladina, sin que un tercero pueda verse afectado. El control del corazón que surte el gas por las venas ucranianas hace que Kiev dependa de Moscú.
Por eso era tan importante tener el control del Mar de Azor, Crimea y, por lo tanto, el Mar Negro. Rusia podrá ahogar a Kiev, pero sin afectar a países como Alemania, Francia, Austria, etcétera. Tampoco tiene intención de hacerlo, entre otros motivos, porque la economía rusa se ha caído. ¿Qué hace entonces? Castiga a Kiev sin gas, pero busca vías alternativas por el Mar Negro para que sus “clientes” europeos estén satisfechos.
La decadente Unión Europea y sus mentiras le dan palmadas en la espalda a Ucrania, mientras el Viejo Continente sigue recibiendo el ansiado gas. Y entonces, aprovechando que todos están contentos, el Kremlin lanza su ofensiva machacona al Este de Ucrania, convirtiéndolo en un gran baño de sangre.
Por eso Putin está armando a los rebeldes pro-rusos y Estados Unidos a Kiev. Pero si Obama lo hace es sólo para contener el avance de una Rusia que puede crecer aún más y eso la hace más poderosa. Eso es lo último que le interesa a un Obama que hoy relativiza todo mucho más porque ya se ve prácticamente fuera de la Casa Blanca.
Pero el tema es importante. Una Rusia con más poder no deja de ser peligrosa, y más si cada vez se le unen más socios de los que ya tiene. Siria, Irán, China, los países de Asia Central no hacen más que contentar a Putin. Pero ahora, además, Grecia y la misma Turquía son cada vez más afectas a Rusia.
Turquía ve con recelo a una OTAN a la que hoy todavía pertenece, y con muy buenos ojos a Putin. Y Turquía es la clave de muchas llaves de la geopolítica mundial. Sin darnos cuenta estamos asistiendo a un juego de actores en la que todos quieren ser protagonistas, empezando por la propia Turquía y su acercamiento al islamismo más radical.