17 de Marzo de 2026

ovnis

México siempre ha pintado mirando hacia arriba, no sólo hacia el sol, sino hacia ese telón oscuro salpicado de luces que nuestros abuelos llamaban firmamento y que hoy las ciudades han opacado con humo y neón, la historia del muralismo mexicano, que nació con la pólvora de la Revolución y la necesidad de contarle al pueblo quién era, también tiene un costado cósmico, un costado que, si se observa con atención, parece un guiño a los extraterrestres.

Porque el muralismo no fue sólo propaganda política ni realismo social: fue, ante todo, una estética del infinito, basta ver a Diego Rivera en el Palacio Nacional, pintando a Quetzalcóatl como serpiente que viene del cielo con tecnología enroscada en escamas, o detenerse en el Polyforum Cultural Siqueiros, donde las figuras humanas son lanzadas hacia el espacio como si fueran náufragos intergalácticos buscando otro planeta, en ambos casos, los artistas no hablan sólo de México: hablan de lo que hay más allá de la Tierra.

¿De dónde viene esa obsesión? Las culturas prehispánicas ya habían sembrado la semilla, los mayas pintaban cielos llenos de cuerpos celestes que no eran simples estrellas: eran presencias, los mexicas contaban que los dioses venían de “las trece capas del cielo”, y los olmecas ya dibujaban seres con cráneos alargados y ojos almendrados que hoy se confunden con la estética de un “gris” de Roswell. Rivera, Siqueiros y Orozco heredaron esa tradición y la modernizaron.

Cuando Diego Rivera pintó el Hombre en el cruce de caminos en Nueva York, en 1933, lo censuraron por poner a Lenin en el centro, pero pocos recuerdan que también colocó un telescopio apuntando al universo, como si dijera: “nuestro destino no está en Wall Street, sino en las estrellas”, el mural, más que comunista, parecía extraterrestre.

David Alfaro Siqueiros fue aún más radical, su mural La Marcha de la Humanidad, que envuelve al Polyforum, muestra cuerpos humanos retorciéndose en espirales que parecen órbitas, su obsesión era la velocidad, la energía, el movimiento… conceptos que no se limitaban a la tierra. Siqueiros no pintaba campesinos estáticos: pintaba cosmonautas sin casco, adelantándose a la carrera espacial que apenas comenzaba.

Y está José Clemente Orozco, el más apocalíptico de todos, en su Hombre de fuego, en Guadalajara, el protagonista se eleva como un cometa envuelto en llamas. ¿Un mito? Sí. ¿Una profecía? También. Pero visto desde el presente, es inevitable pensar en una nave en ignición, en un astronauta primitivo despegando hacia otro sistema solar.

El muralismo, entonces, fue más que pintura monumental, fue un código cósmico. Mientras Estados Unidos soñaba con vaqueros y Hollywood, México soñaba con seres que bajaban de las estrellas, no en platillos voladores metálicos, sino en símbolos, en dioses, en figuras colosales que llenaban muros para recordarnos que el universo no es un fondo, sino un destino.

Lo fascinante es cómo esas imágenes siguen vivas hoy, jóvenes grafiteros en la Ciudad de México pintan aliens con penachos fluorescentes. Instalaciones digitales en el Zócalo recrean lluvias de meteoritos sobre las pirámides, la herencia muralista se expande hacia el arte urbano y contemporáneo, pero con el mismo mensaje: no estamos solos.

Quizá por eso el muralismo mexicano nunca envejece, porque no fue sólo un espejo de nuestra historia política, si no una antena que captaba lo invisible, una forma de decirnos que los muros no sólo sirven para dividir, sino para comunicarnos con lo que habita en otros cielos.

Los extraterrestres están ahí, escondidos entre pinceladas de Rivera, Orozco y Siqueiros. No como seres verdes de caricatura, sino como preguntas pintadas en colores intensos: ¿de dónde venimos? ¿hacia dónde vamos? ¿somos nosotros mismos los alienígenas de nuestra propia historia?

Quizá la verdadera conquista del espacio comenzó aquí, en los muros mexicanos, antes de que un cohete despegara en Cabo Cañaveral. Porque el muralismo fue, en esencia, el primer contacto: un arte que nos recordó que la humanidad no cabe en una sola nación, ni en un solo planeta.

Y si un día los extraterrestres aterrizan en el Zócalo, no se sorprenderán demasiado, después de todo, ya están pintados en nuestras paredes.

[8:36 a. m., 5/9/2025] +52 1 55 5987 1349: Amiga no había escrito proqoe estaba metido sino en la feria del libro presentando mi libro

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