
La mañana en que corrí el maratón de Houston, el 19 de enero de 2025, comenzó para mi catorce años antes, el 14 de abril de 2011. Ese día se llevó a cabo la 115 edición del maratón de Boston, en donde yo me encontraba haciendo mi servicio social en el Consulado de México. Recién egresado de la Universidad, llegué a Boston con una maleta y una noción muy vaga de dónde me hospedaría. Durante los seis meses que duró mi estancia en esa ciudad experimenté dos sucesos que definirían el desarrollo de mi vida profesional y personal: la función consular y el maratón.
La experiencia formativa del servicio social fue el punto de partida de mi desarrollo profesional como cónsul de México. Si bien en la licenciatura había estudiado algunos conceptos de derecho consular, en las clases de derecho internacional me había interesado más por otros temas: el derecho de los tratados, los tribunales internacionales y la persecución de crímenes atroces. De esta manera, mis conocimientos sobre las funciones de los Consulados eran muy generales y apenas intuía el verdadero contenido del trabajo que me tocaría realizar diariamente. Mis primeras responsabilidades en Boston consistieron en apoyar las labores del departamento de protección, el área encargada de velar por el respeto a los derechos de la comunidad mexicana.
La protección consular es una de las actividades de la diplomacia mexicana con mayor reconocimiento internacional. En los departamentos de protección trabajan hombres y mujeres que, con auténtica vocación, se esfuerzan diariamente por asistir a las personas más vulnerables. Algunas de las gestiones que realizan estos departamentos, y en las que colaboré en Boston, consisten en acudir a centros de detención para verificar las condiciones de las personas detenidas, coordinar la repatriación de menores no acompañados y socorrer a la población mexicana afectada por desastres naturales. Estas importantes labores de protección que realizan los consulados se refuerzan con las tareas de documentación.
Los Consulados emiten una enorme diversidad de documentos. Los más solicitados son los pasaportes y las matrículas consulares, pero en los últimos años ha aumentado la demanda por los servicios de registro civil y de fe pública. En Boston colaboré en la redacción de actos notariales, una de las funciones de los consulados que requieren mayor rigor jurídico y a la que actualmente me dedico en el consulado de México en Houston. El otro suceso con el que tuve contacto en Boston y que tendría un impacto profundo en mi vida fue el maratón.
El día que se llevó a cabo la 115 edición del prestigioso maratón de Boston, el 18 de abril de 2011, acudí, como cada lunes, a cumplir con mis tareas en el consulado. La jornada se desarrolló con normalidad, hasta que llegó la hora de la comida. Para disfrutar del incipiente buen clima, los colegas me invitaron a comer en un lugar cercano al Consulado. Al salir, me llamó la atención la cantidad inusual de gente que había en las calles. Alguno de mis compañeros, más enterado de los eventos locales, explicó: ah, ¡es que hoy es el maratón!
Intrigado, me abrí paso entre los espectadores para presenciar el evento. Me fijé en los rostros de los atletas, algunos denotaban cansancio, otros tenían signos inequívocos de dolor, pero todos parecían estar resueltos a culminar la proeza. Vi a un corredor que había cruzado la meta, derrumbado en el suelo, exhausto por el esfuerzo. Movido por la curiosidad y la admiración, me acerqué para platicar con él. De aquella conversación, perdida para siempre en los laberintos del tiempo, mi memoria retiene sólo una frase pronunciada por aquel atleta: “si yo pude, cualquiera puede”.
Por sí sola, la frase podría no ser tan motivadora, porque lleva implícito una especie de desdén hacia las capacidades propias. Sin embargo, con los años reflexioné que lo relevante es más bien el llamado a otros a poner a prueba sus aptitudes y a expandir sus límites. Así que ese día de abril, al terminar los quehaceres en el consulado, salí a caminar por las calles de Boston, deslumbrado por lo que había presenciado. En el public garden, frente a los tulipanes radiantes, resolví que algún día yo también quería correr un maratón.
Catorce años transcurrieron entre aquel día en que tomé esa decisión y la mañana en que finalmente corrí el maratón. Para agosto de 2011, había terminado el periodo de seis meses del servicio social, así que regresé a México para escribir mi tesis de licenciatura. En los años subsecuentes a la titulación, sucedieron en mi vida diversas expresiones de la contingencia humana: inicié un posgrado que no concluí, busqué trabajo sin encontrarlo y en algún momento estuve a punto de padecer anemia debido a una mala alimentación. Hasta que me casé y logré ingresar al Servicio Exterior Mexicano en septiembre de 2017.
En el Servicio Exterior, mi primera adscripción fue el Consulado General de México en Houston. A finales de 2017, cuando la ciudad aún se recuperaba de los estragos del huracán Harvey, mi esposa y yo llegamos a Houston junto con nuestros dos perros. En el Consulado, mi trabajo se ha centrado en la expedición de documentos de registro civil y fe pública. El trabajo ha sido arduo y con restos interesantes, pero también muy gratificante. Por su parte, la motivación y apoyo de mis compañeros en el Consulado fue fundamental para animarme a dar el primer paso.
Así que un buen día, en el ardiente verano de Houston, terminaron los años de procrastinación y me dispuse finalmente a correr. En las primeras ocasiones tuve calambres en las piernas y dificultades para respirar, además de dolor en articulaciones y en el abdomen. Pensé que al final de cuentas correr no era lo mío y valoré la posibilidad de abandonar el sueño; pero cuando por fin pude llegar al final de la calle sin detenerme a tomar aire, me sentí suficientemente motivado para continuar. Después comencé a llevar un registro de mi entrenamiento. En total, durante 2024, corrí en 131 ocasiones una distancia acumulada de 777 millas a un ritmo promedio de 9:17 minutos por milla.
Con el paso de los días, correr se convirtió en una diversión con múltiples beneficios. Dejé de sentir dolor y calambres y comencé a experimentar la alegría de correr. Además de tener más energía y mejor humor, empecé a dormir mejor y a concentrarme con mayor facilidad. Corría a cualquier hora y en cualquier entorno: antes del amanecer, al caer la tarde, durante las horas de más calor e incluso bajo la lluvia. Acometí con fervor una empresa que me fortaleció física y mentalmente y, para diciembre de 2024, me declaré listo para el maratón.
El día del maratón, el 19 de enero de 2025, desperté a las cuatro de la mañana. Me bañé y desayuné un sándwich de mantequilla de cacahuate, un plátano y café. Mi esposa pidió un Uber para llevarme al George R Brown Convetion Center, donde comenzaban a reunirse miles de atletas. El ambiente era festivo, pero también se percibía la profunda concentración y disciplina de los participantes. Platiqué con uno de ellos que me confió que su objetivo era correr el maratón en menos de tres horas con treinta minutos. Yo le conté que había entrenado duro, pero que, al ser mi primer maratón, buscaba simplemente terminarlo. No le revelé que en mi interior me había planteado correr las 26.2 millas en 4:00 horas. Después entregué mis objetos personales para resguardo, me abroché el dorsal con el numero 9441 y salí al frio de la madrugada para ubicarme en mi puesto de salida.
Afuera, los corredores se ubicaban en sus respectivos corrales de acuerdo con su experiencia y nivel de preparación. Los participantes más avanzados eran asignados a los primeros corrales, marcados con las letras A y B. Yo me instale en el C, ansiando escuchar la indicación para arrancar. En las bocinas retumbaba la voz de Jon Bon Jovi:
Ooh, she’s a little runaway
Daddy’s girl learned fast
All those things he couldn’t say
Ooh-ooh, she’s a little runaway
Y por fin se escuchó la indicación de salida. Primero arrancaron los atletas con discapacidades y luego los de elite; pero yo tuve que esperar más de media hora para salir, haciendo grandes esfuerzos para resistir el frio.
Mientras esperaba el momento de arrancar, mi cuerpo comenzó a entumecerse y el entusiasmo a convertirse en preocupación. Para soportar el frio, evoqué aquellas noches en Boston cuando enfrentaba el invierno con determinación, pero no bastó el recuerdo para sentirme abrigado, así que anoté mentalmente la primera lección para el futuro: para la próxima me llevo capas adicionales de ropa. Finalmente arranqué a las 7:23 am, con los pies entumecidos y llevando a cuestas 14 años de ilusiones postergadas.
Aunque inicié la carrera con mesura porque mi prioridad era entrar en calor, me di cuenta de que podía ir más rápido, así que empecé a rebasar a otros corredores. Sin embargo, me inquietaba la sensación de ir rezagado y la progresiva necesidad de ir al baño. Sentía que iba rezagado porque no veía a los pacers, que son atletas que llevan un anuncio con el tiempo en el que estiman terminar la carrera para orientar a otros a alcanzar sus objetivos. En la salida había visto a los que llevaban la marca de 4:00 horas, pero los rebasé suponiendo que más adelante encontraría a los de 3:55 o 3:50 horas. No obstante, por más que aceleraba, no los veía.
Seguí avanzando sin estar seguro de cual era mi ritmo. Al llegar a la milla 8, el sendero se bifurca: a la izquierda continúan quienes participan en el medio maratón y a la derecha los que corren el maratón completo. Muchos deportistas continúan por la izquierda, por lo que, a partir de este punto, quienes se proponen terminar el maratón completo gozan de más espacio para correr. Con más libertad para moverme, disminuyó un poco la sensación de ir rezagado, pero no la urgencia de ir al baño. Por fin, en la milla 12 me detuve para usar los baños portátiles. Una lección más para el futuro: ir varias veces al baño antes de empezar.
Con más libertad para moverme y saciadas las necesidades fisiológicas, comencé de verdad a disfrutar la carrera. Mientras corría, admiré desde una perspectiva única las zonas más emblemáticas de la ciudad: el Downtown, Hights Boulevard, Rice Village, el centro de hospitales, University Boulevard, Chimney Rock, entre otras. Cerca de la zona de galería dejé de rebasar gente y noté que otros me rebasaban, signo inequívoco de que comenzaban a menguar mis fuerzas. Al llegar a Memorial Drive, finalmente vi a los pacers con la marca de 3:55 horas. Verlos me revitalizó y por fin se esfumó la sensación de ir rezagado.
Con los pacers iba un grupo de gente animándose entre sí, a quienes quise acompañar para contagiarme de su ambiente festivo. Casi de inmediato sentí un impulso anímico y pude avanzar con renovada energía, dejándolos atrás en busca de los siguientes pacers con la marca de 3:50 horas. Aquí tuve la curiosidad de revisar mi tiempo y velocidad, lo cual había ido postergando por el temor de confirmar la sospecha de ir atrasado. Me sorprendió ver que llevaba una velocidad de 8:12 minutos por milla: ¡mucho más rápido de lo que esperaba! Otra lección para el futuro: nuestro desempeño puede ser siempre mejor de lo que esperamos.
En los túneles de Memorial Drive me sentí realmente cansado y rechacé una cerveza porque supuse que el alcohol sería una carga para mi fatigado cerebro. Con mucho esfuerzo llegue a Allen Parkway, donde comienzan las ultimas 4 millas de la carrera, y la prueba final para los participantes, que son dos subidas pronunciadas en las intersecciones con Waugh Drive y Montrose Boulevard. En este lugar muchos atletas dejan de correr y continúan caminando. Yo seguí corriendo, pero en la milla 25 sentí un fuerte calambre en la pierna izquierda. Con el dolor aumentando seguí corriendo y pude llegar a Downtown.
En Lamar Street tenía calambres en ambas piernas. Por mi mente pasaban esas imágenes de atletas heroicos que pese a sufrir graves lesiones completan las pruebas. Había llegado demasiado lejos, estaba dispuesto a terminar a cualquier costo. Tan firme era mi resolución, que no me di cuenta de cuando llegué a la meta.
Durante el entrenamiento me había imaginado festejando de diversas maneras ese momento: desde las más solemnes, levantando los brazos al cielo; hasta las más mundanas, imitando con mis brazos el movimiento de un gusano. Pero no noté en qué momento había terminado, hasta que alguien me detuvo y me dijo “ok, you have made your mark”. Levanté la mirada. Entre las ramas de los robles vi los rayos del sol. Recibí mi medalla. Me comí un plátano y después recogí mi playera conmemorativa. Comí huevos con salchicha y, en Discovery Green, finalmente acepté una cerveza.
De esta manera comenzó para mí el 2025, un año que ha traído retos y oportunidades en el quehacer consular. El contexto político actual en Estados Unidos hace que la comunidad mexicana tenga expectativas legitimas de encontrar apoyo en las Oficinas Consulares. Para ello, México ha puesto en marcha un ambicioso programa de simplificación y desregularización administrativa que busca facilitar el acceso a los servicios consulares. Hacer realidad ese programa es una responsabilidad de quienes colaboramos en las oficinas consulares.
Con los años vendrán otros desafíos en lo profesional y en lo personal. La aventura del maratón me dejó la certeza de que los objetivos pueden cumplirse, por más ambiciosos que parezcan, y de que siempre hay un horizonte nuevo por descubrir. La mañana en que corrí el maratón de Houston tardó catorce años en llegar, pero llegó. Tras cruzar la meta, mi tarea ahora es invitar a otros a hacerlo. Lo hago por medio de este relato y reformulando la frase que me dirigió hace catorce años aquel maratonista en Boston: yo pude, todos podemos.