
¡En sus narices! En una historia que terminará filmada tarde o temprano, María Corina Machado consiguió lo que el régimen juraba imposible: salir de Venezuela mientras la dictadura entera la buscaba. Llegó a Oslo, aunque el Nobel lo recibió su hija. Maduro podrá alegar complots extranjeros, ofenderse por la “violación de la soberanía” o acusar a medio mundo; lo único cierto es que la principal opositora del régimen cruzó la puerta principal sin que el aparato represivo se enterara.
Nadie daba un peso por su escape (yo incluida). El espacio aéreo vigilado, el cerco interno, la muerte “casual” de un preso político en una prisión de máxima seguridad… todo indicaba que Machado estaba atrapada. Las probabilidades de una salida eran prácticamente cero. Y aun así, ocurrió.
Su huida deja lecciones y algunas sonrisas: hay quienes hoy celebran la osadía de plantarle cara a Maduro, y quienes estarán haciendo bilis porque la dictadura quedó en ridículo. El mundo democrático aplaude a la mujer que decidió no resignarse.
La escena es casi humillante para el régimen: María Corina salió en un avión estadounidense junto con personal y familias de la embajada. Con la escasez de vuelos y el caos en el aeropuerto, la seguridad se relajó. Nadie imaginó que la mujer más perseguida del país viajaba sentada entre diplomáticos. La dictadura, tan obsesionada con perseguirla, no vio venir lo obvio.
La ruta fue extenuante: escala en Puerto Rico, conexión en Miami y finalmente Europa. Hoy se sabe que ya está en Noruega, aunque por razones de seguridad no estuvo en la ceremonia del Nobel. Esto deja un sabor agridulce: logró escapar, pero no pudo recoger su propio reconocimiento internacional.
El episodio también reveló un rasgo poco visto en Donald Trump: silencio. El expresidente, experto en anunciar triunfos antes de tenerlos, esta vez guardó un mutismo absoluto mientras la operación se ejecutaba. Solo trascendió que, ya en suelo estadounidense, Machado habló con Marco Rubio, con el secretario de Estado y luego con Trump para agradecerles.
Ese sigilo importa. Trump siempre ha deseado el Nobel de la Paz (y seguramente lo seguirá intentando), pero entendió que aquí había que moverse sin micrófonos. Accionó, esperó y dejó que Maduro quedara expuesto. Paradójico: un hombre que presume todo supo cuándo callar.
En paralelo, su discurso sobre Maduro se endurece. No por una súbita conversión democrática -él se cree apóstol, pero no lo es-, sino porque ya vio el negocio: posibles alianzas energéticas, acceso a PDVSA o incluso imaginar un hotel Trump en Los Roques. Trump no actúa por altruismo: actúa porque ve ganancia.
La hija de Machado dio otro dato: su madre permanecerá tres meses en Noruega. ¿Es una señal del tiempo que le queda a Maduro, o simplemente la decisión de recuperarse lejos del acoso? Es una incógnita que no tardará en aclararse.
Más allá de filias ideológicas -que hoy pesan en exceso en América Latina-, es notable la presencia de tantos líderes latinoamericanos en la ceremonia del Nobel: Milei por Argentina, Noboa por Ecuador, Mulino por Panamá y Peña por Paraguay. El contraste será evidente: quiénes aplauden a Machado incluso desde lejos, y quiénes insisten en la complicidad con un régimen criminal.
Por ahora, la realidad es tozuda: Trump consiguió sacar a María Corina de Venezuela en las narices mismas de la dictadura.
Trump, Corina, libertad 1; Maduro 0.