
Hay un instante en que la tierra deja de ser suelo para convertirse en memoria, entonces las paredes olvidan que fueron refugio, las ventanas aprenden el idioma del miedo y los relojes descubren que el tiempo también puede tambalearse.
Hace unos días Venezuela volvió a escuchar esa antigua conversación entre las entrañas del planeta y el corazón de quienes lo habitan.
Un terremoto no sólo mueve edificios, sacude fotografías que llevaban décadas inmóviles, despierta abrazos que habían sido pospuestos, derrumba la absurda ilusión de que mañana siempre estará garantizado.
Mientras unos cuentan los segundos, otros cuentan a sus hijos desaparecidos, mientras algunos buscaban la salida, muchos más buscan una mano. Porque cuando la tierra se mueve, el ser humano recuerda que ninguna riqueza vale más que encontrar con vida a quien ama.
Hay tragedias que no hacen ruido hasta que el silencio llega, es en ese silencio donde aparecen los verdaderos héroes: el vecino que levanta piedras con las manos desnudas, el rescatista que desafía el cansancio, la madre que convierte el miedo en fortaleza para que sus hijos no lo hereden, el desconocido que comparte agua, pan y esperanza.
Quizá el planeta no está enojado, quizá sólo nos recuerda, con una fuerza imposible de ignorar, que debajo de nuestras fronteras, nuestras ideologías y nuestras diferencias existe una misma piel de roca que nos sostiene a todos.
Somos una sola especie viviendo sobre un mismo latido.
Hoy Venezuela duele y cuando un pueblo duele, la humanidad completa debería guardar un minuto de humildad y de humanidad.
Que este movimiento no sólo quede registrado en los sismógrafos, sino también en nuestra conciencia, que después de contar los daños aprendamos a contar las bendiciones, que después de reconstruir las calles reconstruyamos también la compasión.
Porque las ciudades pueden levantarse otra vez, las casas pueden volver a construirse, pero la esperanza… esa siempre necesita de otros seres humanos para ponerse de pie.
Desde cualquier rincón del mundo, que nuestras palabras crucen fronteras como un abrazo silencioso, porque hay veces en que la solidaridad es el único idioma que no necesita traducción.
Y cuando la tierra tiembla, descubrimos que el amor sigue siendo la estructura más resistente que la humanidad ha construido.
“La tierra puede estremecer montañas, pero jamás podrá derrumbar la dignidad de un pueblo que ha aprendido a levantarse una y otra vez. Fuerza, Venezuela.”