Pastor Alberto Limón Santana
Una ciudad donde nuestros hijos se desarrollen en su juventud como plantas bien nutridas y florezcan; donde nuestras hijas sean como columnas talladas elegantemente para embellecer un palacio. Una ciudad donde la agricultura y la ganadería sean tan prósperas que haya que almacenar para tiempos futuros…, que la multiplicación de los bienes sea evidente. Una ciudad donde la planta productiva sea vigorosa, próspera y segura. Donde no haya temores por la maldad y la delincuencia. Una ciudad donde no se escuche la voz de alarma de ninguna manera; donde las familias libremente puedan convivir en sus plazas, parques y demás espacios.
ESA ES UNA CIUDAD IDEAL…, pero también posible, pues es lo planeado por Dios. ¿Quién no la desea? ¿Quién no se queja o lamenta porque nuestra realidad es totalmente lo opuesto? Yo sí quiero una ciudad para mis hijos y nietos, donde al salir a la calle no tengamos que decir: cuídate…, o cuando llegues, me llamas… Expresiones de temor y exceso de cuidado van y vienen… ¿Por qué? SIPLEMENTE PORQUE SOMOS CONSCIENTES DE QUE LA MALDAD HA AUMENTADO… Y VA EN AUMENTO.
Por favor, veamos el otro lado de la moneda. ¿De dónde salen las personas que atemorizan las ciudades? Obviamente de familias enfermas, que no tuvieron el conocimiento y/o la voluntad de planear una mejor familia, que aporte para el bien de la sociedad. Seguramente conoces casos así, y seguramente todos deseamos que la situación cambie, por el bien de todos, empezando por nuestra familia.
Permíteme contarte algo. Un obispo de Westminster de hace muchos años dijo: “Cuando era joven y libre, mi imaginación no tenía limites; soñaba con cambiar el mundo. Cuando me volví más viejo y sabio, descubrí que el mundo no cambiaría, entonces corté un poco mis anhelos y decidí cambiar sólo mi país. Pero éste también parecía inmutable. Cuando entré al ocaso de mi vida, en el último y desesperado intento decidí cambiar sólo a mi familia, los que están más cerca de mí. Pero igualmente, ellos tampoco cambiaron. Y ahora, mientras me encuentro en mi lecho de muerte, repentinamente me doy cuenta: si hubiera cambiado yo, entonces mi ejemplo habría cambiado a mi familia, y por su inspiración y valor podría haber cambiado a mi país… y tal vez hubiera cambiado al mundo… COMIENZA CONTIGO.
La base de nuestra sociedad es la familia; si nuestras familias son mediocres (o peor), eso aportaremos a la sociedad…, eso seremos. No podemos cambiar a los demás, pero sí podemos cambiar nosotros. Nosotros somos la “semilla” que se reproducirá en nuestra familia, y nuestra familia puede hacer la ENORME DIFERENCIA…, si cambiamos nosotros primero.
¿LA CIUDAD IDEAL? SÍ… EMPIEZA CONTIGO.
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