13 de Agosto de 2022

Besar un maniquí

Yuriria Sierra

Hace unos días, un personaje en Argentina se convirtió en la burla de todos en las redes sociales. Le ganó el marketing político, hizo lo recurrente en un funcionario que desea ganar adeptos entre la población para la que trabaja, la que habrá votado por él… o no, pero que asiste a eventos, como inauguraciones de calles pavimentadas, porque el resultado les implica un beneficio. Y este último, el escenario, es la plataforma perfecta para la exhibición de los dotes que desea presumir cualquiera que ocupa un cargo público, en este caso, un gobernador. Sin embargo, a Jorge Capitanich le salió mal. A su ADN político le falló el filtro… o no, lo llevó a reaccionar en dirección del menor daño posible. El momento se hizo tan viral que de Chaco, una provincia del norte argentino, saltó a los portales de diarios latinoamericanos: en uno de sus recorridos, la euforia y el marketing lo hicieron besar a lo que pensó que era un niño, esa postal irresistible. Pero (¡oooops!) se trataba de un maniquí. Después de los memes, Capitanich publicó un mensaje en redes donde compartió las burlas. No le quedaba otra. Un par de días después habló de sus aspiraciones políticas: va por un cuarto mandato como gobernador. Quién sabe si el instante de confusión le habrá o no venido como anillo al dedo, pero, al menos, tuvo rapidez para intentar minimizar el daño.

Y es que ahora las campañas electorales también se alimentan de los likes en redes sociales, lo cierto es que las emociones son uno de los factores inevitables cuando se trata de construir una personalidad capaz de mover masas. Tenemos un Presidente que a eso se dedicó en sus varios años de movilización con fines electorales: siempre supo el qué, el cómo y a quién, es por eso que su base no lo deja. Según la más reciente encuesta de aprobación a su gestión, difundida este lunes en El Financiero, López Obrador cuenta con la palomita del 56% de los ciudadanos.

Por otro lado, aunque nos han dicho que no, no y no, nadie está en pre-pre-pre-pre campaña, las figuras que aspiran a la candidatura de Morena (o cualquier otro partido) para 2024 tendrían que avanzar con la alerta encendida, ésa que hizo al político argentino besar a un maniquí. De haber sido un menor y negarle el saludo, el saldo negativo habría sido mayor al costo de las burlas. ¿Por qué entonces hoy vemos a funcionarios mexicanos expresándose sin pensar en lo que dicen al micrófono o frente a las cámaras?

“Si me corre el INE, no importa, porque ya lo van a desaparecer los diputados…”, expresó hace unas semanas Adán Augusto López Hernández. Un secretario de Estado hablando así de uno de los brazos institucionales más necesarios y que ha sido riguroso en señalar posibles violaciones a la ley electoral por realizar actos proselitistas fuera de tiempo. Hace un par de días, otra expresión, ésta generó aún más polémica: “Yo tampoco confío en usted…”, respondió a una madre integrante de un grupo de mujeres buscadoras que, tras días de insistir, enfatizaron su protesta afuera de la Segob. Independientemente del debate sobre si ese instante es parte de un intercambio más extenso entre el titular de Gobernación y las manifestantes (de una causa que es, por mucho, una de las heridas que más duelen al país), esto nos genera una pregunta que nos remite al maniquí que recibió aquel beso: ¿por qué López Hernández no tuvo el tiento para saber qué y cómo responder? Gran parte de la respuesta se encuentra en las famosas “tablas”, ésas que ayudan a tomar decisiones en centésimas de segundo para decantarse por la que genera menos daño. Y las “tablas”, lo saben los hijos de genios en tantas ramas y que han fracasado, no se conceden por decreto ni dedazo. Y es que mucho más que el que besa un maniquí, se equivoca aquel que sólo besa las suelas de su superior e ignora (o, peor aún, minimiza y desprecia) una de las causas más resentidas por parte de su potencial electorado.


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