
“El inicio del fin de AMLO tiene fecha: es el 25 de julio del año pasado. Ese día, el día que capturaron a Ismael El Mayo Zambada, comenzó su ‘año siete’”.
Eso publicamos en este espacio hace un año, el 27 de julio de 2025, a un año de la captura del narcotraficante. Y se ha cumplido.
A partir de aquel 25 de julio de 2024, todo fue caer. Desde entonces, los señalamientos por vínculos con el narco de él y su círculo más íntimo no dejan de crecer. Salpican lo mismo a sus hijos que a su exsecretario de Gobernación, Adán Augusto López, o a su exjefe de oficina, Alfonso Romo, cuya Casa de Bolsa (Vector) ya ha sido sancionada por el Departamento del Tesoro de EU por “lavar” dinero para los cárteles del narco.
Aquel 25 de julio todo se le descompuso a López Obrador: tras lo que parecía una tersa transición y gozando del poder avasallador que implicaba haber arrasado en las urnas, impulsando a Claudia Sheinbaum a la Presidencia y a su 4T hacia una abrumadora mayoría en el Congreso, “corrió como pólvora” la noticia de la captura del “capo de capos”, el hombre de quien todos sabían dónde se encontraba, pero nadie había querido hallar y menos arrestar.
Ese punto de quiebre escapó de su control, lo apartó de su narrativa y le endilgó símbolos que no hubiera querido asumir como propios. Lo tomó malparado, exhibió sus flancos débiles y ensucia su legado.
Los días que siguieron a ese evento, AMLO mostró lo que no había exhibido a lo largo de todo el sexenio: incertidumbre, enojo y miedo.
Él, acostumbrado a controlarlo todo, con un poder inconmensurable para ejercer la Presidencia, quedó relegado. Los hechos lo rebasaron y apareció en su espacio de dominio —las mañaneras— nervioso y sin control de la situación.
Las horas siguientes representaron el inicio del fin del sexenio y el comienzo del ‘año siete’.
Y con ese ‘año siete’, el inicio del fin del poder absoluto, la incertidumbre del futuro próximo y un mar de dudas que desde entonces empañan el legado lopezobradorista; el del Presidente que construyó un proyecto político y social desde la oposición, despertó esperanza en millones y prometió un combate irrestricto a la corrupción, pero terminó envuelto en sospechas por negocios ligados a sus hijos, millonarios desvíos de dinero, ineficacia en distintos frentes (de la seguridad a la salud, pasando por la educación y el manejo de la economía), personajes oscuros demasiado cerca y señalamientos (dentro y fuera de México) hacia su gobierno por nexos con la delincuencia organizada.
Desde entonces la incógnita de los vínculos entre AMLO, que se la pasó pidiendo información al gobierno de EU —que no confía en él y nunca le entregó detalles de la captura—, con los cárteles del narco no hace más que crecer.
El legado del expresidente y su sexenio va quedando marcado por una mancha imborrable que los aproximaría a él y sus colaboradores más cercanos al radar de la justicia al norte del Río Bravo, por vínculos indecibles con el crimen organizado.