Una de las explicaciones a la decadencia del futbol brasileño, que se ha vuelto malo y también aburrido, es que a ese país lo han invadido los evangélicos. Hay un dato inapelable: 14 de los 26 jugadores convocados al fracaso mundialista pertenecen a esa vertiente de la fe, cuando antes, en los días de diversión y juego bonito, lo que se daba cita en las canchas era una onda sincrética, católica y afro, bailarina, gozosa, que, se supone, fue la que determinó el futbol de Pelé, Zico, Ronaldo, Ronaldinho y hasta el de Rivaldo, el crack inexpresivo.
Lo dice Ricardo Lobato, un sociólogo, lo que basta para llegar al argumento con una cuota de escepticismo, pero hay otro hecho incontestable, y es que hace ya muchos mundiales que Brasil abandonó la alegría y el gusto por el juego imaginativo y de ataque. Es un mal de su siglo XXI. Ya en el último Mundial que ganaron, el de 2002, jugaron con cinco defensas, aunque sus laterales eran Cafú y Roberto Carlos, danzaba por la cancha Ronaldinho y adelante estaban Rivaldo y Ronaldo.
En adelante, todo ha sido decadencia: jugadores grandotes, más bien defensivos, sin gracia, duros, con la esperanza de que, adelante, se invente algo el único con samba, que fue Neymar y que ahora es el gran Vinicius, jugadorazo y gran tipo.
Así pues, la alegría del futbol, por razones religiosas o del tipo que gusten, no está ya en la canarinha. ¿Dónde está? La pregunta es difícil de responder. No está, definitivamente, en Argentina, cuya virtud –porque es una virtud, y envidiable– es tomarse el futbol con una seriedad como no se ve en ninguna parte. No hay un momento de gozo antes de la victoria: hay carácter, que frecuentemente evoluciona en emputamiento. Mucho.
Tampoco está en Portugal, que parece peleada con su virtuosismo, ni en Alemania, que pasó de aquel temple intimidante a una especie de wokismo disfuncional. Hay algo en Francia, pero incluso Dembélé, tan hábil, y Olise, tan virtuoso, son tremendamente serios, y no hay tanta como debería en España, que toca el balón como nadie, pero que el 90% del tiempo hace a los aficionados lo que al equipo contrario: dormirlos a punta de pases, con eficacia semifinalista y sin cambio de velocidad.
Así, la alegría, para sorpresa de nuestros prejuicios, ha estado en quien nadie esperaba. En Noruega, con la celebración del remo vikingo y el buen rollo entre aficionados y jugadores, y sobre todo en Haaland, que tiene todo: hace goles, camina chistoso, bromea con los contrarios, tiene buenos gestos, en las redes o en vivo, con todo mundo, y compra un libro antiguo, en miles de dólares, de esos que le gustaban mucho a Borges, para la biblioteca de su pueblo.
A la hora de escribir estas líneas, no ha jugado contra Inglaterra, equipo que merece todos mis afectos, pero le deseo lo mejor. Le deseamos lo mejor.