Ese gran municipalista que es Rubén Ricaño Escobar exhibe una sesuda serie de razones, fruto del conocimiento y del sentido común, y propone que se haga un libramiento ferroviario en Xalapa, de modo que las actuales vías del tren puedan ser utilizadas, ya como una nueva vialidad o como el conducto por el que pase un moderno metro o un tranvía urbano, con lo que se daría un enorme paso hacia adelante en la solución del problema vial de la capital del Estado.
Por ahora -según nos dice el que es uno de los hijos brillantes de la maestra Malú Escobar- las vías del tren son un estorbo y parten la ciudad en dos, complicando aún más el flujo de vehículos y personas. Y va más allá, porque propone que se aprovechen los numerosos espacios verdes aledaños a esas veredas férreas para hacer parques recreativos, y junto con ello convertir la antigua estación del ferrocarril en un espacio cultural.
Y aquí es donde entro yo, porque quiero compartir la experiencia que me tocó al ser testigo del rescate de la estación del ferrocarril y los talleres ferroviarios de Aguascalientes.
Durante casi todo el siglo XX, los talleres aguascalentenses fueron el motor de la ciudad y de aquel Estado, debido a los múltiples empleos que generaban, que en un momento de los años 40 y 50 prácticamente se convirtieron en el modus vivendi de toda la población.
Pero cuando vino el declive de los ferrocarriles nacionales, los talleres fueron decreciendo en su actividad, y hacia los años 90 ya eran un enorme elefante blanco, viejo y abatido. Permanecían abandonados y eran un lunar de fealdad y herrumbre en la moderna ciudad en que se había convertido Aguascalientes, gracias a la astucia de dos gobernadores, el Profesor J. Refugio Esparza Reyes y Rodolfo El Güero Landeros Gallegos, quienes supieron aprovechar las nuevas circunstancias y lanzaron un proceso de industrialización que regresó el bienestar y el empleo en aquella región de gente buena.
Le tocó al gobernador Otto Granados Roldán, en las postrimerías del siglo pasado, iniciar y adelantar los trámites para el rescate de los terrenos y edificios de los talleres de Aguascalientes, y los dos siguientes gobernadores -panistas ambos- disfrutaron de las mieles y el aplauso al convertirse el lugar en un gran parque que ahora contiene museos, salones y vastas zonas verdes, que representan un verdadero pulmón para esa zona semidesértica.
La vetusta estación de Xalapa sigue esperando desde el olvido y la soledad que alguien se acuerde de ella y que rescate toda su historia, todos sus lugares y todos sus edificios.
Cierto, está alejada del centro, pero eso representa la oportunidad de hacer una instalación cercana a las populosas colonias del oriente de la ciudad, porque los que viven ahí también son xalapeños y son igual de importantes que los de otros lugares que se consideran -muchas veces sin serlo- de postín.